El ayuno agradable a Dios

miércoles, 18 de febrero de 2015
“…Consultan mi oráculo a diario,
muestran afán de saber mis caminos,
como si fueran un pueblo que practicara la justicia
y no hubiesen abandonado los preceptos de Dios.
Me piden sentencias justas, 
quieren tener cerca a su Dios
y exclaman: "¿Para qué ayunar, si no haces caso?
¿Para qué mortificarnos si tú no te fijas?"



Mirad: es que el día de ayuno
buscáis vuestro interés y explotáis a vuestros servidores;
es que ayunáis entre riñas y pleitos,
dando puñetazos sin piedad.
No es ese ayuno que ahora hacéis
el que hará oír en el cielo vuestras voces.

¿Acaso es ése el ayuno que yo quiero
para el día en que el hombre hace penitencia?
Doblar la cabeza como un junco,
acostarse sobre saco y ceniza,
¿a eso llamáis ayuno, día agradable al Señor?


El ayuno que yo quiero es éste:
abrir las prisiones injustas,
desatar las coyundas de los yugos,
dejar libres a los oprimidos, romper todas las cadenas;
partir tu pan con el que tiene hambre,
dar hospedaje a los pobres que no tienen techo;
cuando veas a alguien desnudo, cúbrelo,
y no desprecies a tu semejante.


Entonces brillará tu luz como la aurora,
en seguida te brotará la carne sana;
tu justicia te abrirá camino
y detrás de ti irá la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor y él te responderá,
gritarás y él te dirá: «Aquí estoy».


Cuando destierres de ti los yugos,
el gesto amenazante y las malas intenciones;
cuando partas tu pan con el hambriento
y sacies el estómago del indigente,
entonces brillará tu luz en las tinieblas,
tu oscuridad se volverá mediodía.” 
(Isaías 58)

Mensaje de Cuaresma del Ministro Provincial

viernes, 6 de febrero de 2015
Hermanos 
el Señor les dé 
su paz. 

Continuando con la temática propuesta para este año “la comunidad expresión de la fraternidad", que nos ayudará a profundizar nuestro sentido de identidad y pertenencia a la familia Conventual, les propongo para que esta Cuaresma sea un tiempo de fe y conversión, la oportunidad de recordar, entender y vivir el primer nombre que se le dio a nuestra Orden: "los penitentes de Asís". Deseo que a través de esto nuestras comunidades puedan entender y vivir el sentido teológico de la penitencia como actitud cotidiana de acogida y apertura al hermano, ya que no basta con dejar de comer o cambiar el tipo de alimentos que ingerimos los viernes y conformarnos con llamarlo o confundirlo con el ayuno. 

Lo que se nos pide va más allá: una manera de vivir nuestra conversión y asociarnos a las iniciativas y actividades que la Iglesia hace por sus hijos, de manera especial por los que están alejados o cerrados a la gracia/amor de Dios. En este tiempo de conversión personal y comunitaria, pidámosle juntos a Dios que nos conceda una mirada fraterna sobre los hermanos, las necesidades, iniciativas y actividades de nuestra Provincia, para hacer y recorrer juntos éste camino de conversión. Esta es la oportunidad para apoyar y apoyarnos en los hermanos con los que queremos vivir nuestra vocación, ya que fuimos llamados para vivir y construir la fraternidad. 

Por eso exhorto a los guardianes a animar a las fraternidades que les fueron confiadas: a programar y proponer los modos de cómo pueden vivir de manera comunitaria la penitencia; a nutrirse de los escritos de san Francisco, como el oficio de la pasión y en donde exhorta a los hermanos a hacer penitencia; de igual manera propongo a los párrocos que inculquen y compartan con los feligreses nuestra espiritualidad (la penitencia y el ayuno de los franciscanos, así también a retomar el pan de los pobres de san Antonio de Padua, cada 13 de mes); de manera especial hago un llamado a las casas formativas, para que los rectores, den a conocer e inculquen a los frailes en formación inicial, de manera clara, el sentido teológico de la penitencia. 

 Bien hermanos, no me queda más que pedirle a nuestro Buen Dios, que nos conceda ver todo lo que Él nos da cada día, para que, aprovechándolo, vivamos nuestra conversión personal y comunitaria, y así con nuestra vida demos gloria al Dios que nos ha llamado a estar con Él, sirviéndolo en nuestros hermanos. Saludos y bendiciones.



Fray Francisco Díaz Valdez 
Ministro Provincial
Bosques de Morelos, 03 de febrero 2015

FORTALEZCAN SUS CORAZONES

martes, 3 de febrero de 2015
MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO CON MOTIVO DE LA CUARESMA 2015


«Fortalezcan sus corazones» 
(St 5,8)

Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos.
Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.
Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.

La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.
Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra.

Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.
El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.

1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia
La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres.
Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen "parte" con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.
La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).
La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos.
Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.

2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades
Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).
Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.
En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia.
La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).
También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.
Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.
Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.
Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.

3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente
También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?
En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.
En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.
Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.
Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31).
Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.

Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: "Fac cor nostrum secundum Cor tuum": "Haz nuestro corazón semejante al tuyo" (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.
Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.
Vaticano, 4 de octubre de 2014
Fiesta de san Francisco de Asís

FRANCISCUS PP.


¿El que canta ora dos veces?

lunes, 19 de enero de 2015
En realidad, lo que san Agustín decía era:

"Pues aquel que canta alabanzas, no solo alaba, sino que también alaba con alegría; aquel que canta alabanzas, no solo canta, sino que también ama a quien le canta. En la alabanza hay una proclamación de reconocimiento, en la canción del amante hay amor..."   y lo encuentras en su comentario sobre el Salmo 73 (72).

Como sea, el valor de la música sagrada es grande, y la Iglesia conserva las alabanzas cantadas como un tesoro, una bella Tradición (Tradición con la "T" mayúscula).

Sea gregoriano, popular, romántico, 
no dejes de cantar a Dios, 
merecedor de todas nuestras alabanzas.




Haciendo "click" en la siguiente imagen encontrarás una "playlist" de cantos franciscanos.



Ecumenismo y comunión

Hablar de unidad, comunión y ecumenismo hoy es todo un reto. La armonía que Dios puso en la creación, no se basa en la uniformidad, sino en la pacífica convivencia en la diversidad, que nace del reconocimiento de la dignidad de cada ser humano (y de cada cosa creada) simplemente por recibir de Dios el don de existir. En esta ocasión, con motivo de la semana de oración por la unidad de los cristianos, quiero compartir con ustedes dos pequeños fragmentos de dos fuentes distintas: (click en ellos para ir al artículo completo)

  -el primero, tomado de un artículo publicado por "aleteia.org" titulado "No hay comunión sin ecumenismo";
  

1.) La reforma de la Iglesia que nos trae el Papa Francisco es también ecuménica. Una Iglesia menos autorreferente, una Iglesia en salida, es una Iglesia más ecuménica. No es difícil constatar que uno de los más preclaros termómetros del espíritu de comunión en la Iglesia es la sensibilidad ecuménica. Por un lado es evidente que quien no le da importancia a la comunión entre los católicos, menos valorará la comunión con los cristianos no católicos. Por otro, quienes tienen una concepción un tanto cicatera de la comunión, basada en la uniformidad y no en la unidad en la pluralidad, o basada en una actitud auto-defensiva de la identidad católica, tampoco entiende de ecumenismo, pero porque en realidad lo que no entiende es de comunión.


2.) El ecumenismo espiritual, que tiene su momento culminante en la Semana de oración por la unidad de los cristianos, vive y se desarrolla a través de innumerables canales, que verdaderamente sólo el Señor ve, pero que a menudo también nosotros tenemos la alegría de conocer: es una red mundial de momentos de oración que, desde el nivel parroquial y el internacional, difunden en el cuerpo de la Iglesia el oxígeno del genuino espíritu ecuménico; una red de gestos, que nos unen trabajando juntos en tantas obras de caridad; y es también una comunión de oraciones, de meditaciones y de otros textos que circulan en la web y pueden contribuir a aumentar el conocimiento, el respeto y la estima recíprocos.

Respecto al ecumenismo de la sangre, precisamente la Unitatis redintegratio invitaba a valorarlo, reconociendo en los hermanos y en las hermanas de otras Iglesias y Comunidades cristianas la capacidad —donada por Dios— de dar testimonio de Cristo hasta el sacrificio de la vida (cf. n. 4). Dicho testimonio no ha faltado jamás durante estos cincuenta años y sigue también en nuestros días. Nos corresponde a nosotros acogerlo con fe y dejar que su fuerza nos impulse a convertirnos en una fraternidad cada vez más plena. Quienes persiguen a Cristo en sus fieles no hacen diferencia entre las confesiones: los persiguen simplemente porque son cristianos.
Durante estos meses, encontrándome con tantos cristianos no católicos, o leyendo sus cartas, he podido ver que existe, a pesar de cuestiones abiertas que aún nos separan, un deseo generalizado y fuerte de caminar juntos, de rezar, de conocer y amar al Señor, de colaborar en el servicio y en la solidaridad con los débiles y los que sufren. Estoy convencido de esto: en un camino común, con la guía del Espíritu Santo y aprendiendo unos de otros, podemos crecer en la comunión que ya nos une.

Hermano, te invitamos a ofrecer una oración diaria 
por la unidad de los cristianos, 
ya sea en tu oración personal, en tu Rosario, 
en el momento de Adoración a Jesús Eucaristía, 
o, por qué no, celebrando la Eucaristía 
con esta intención.

PAZ Y BIEN.

¿Por qué nos simpatizan tanto los "Reyes Magos"?

domingo, 4 de enero de 2015

Las epifanías de los dioses griegos eran manifestaciones de su poder, signos milagrosos, ayudas poderosas, que el pueblo interpretaba como signos de su presencia y favor, y veían en ellas lo que podían ofrecerles. Para los paganos debía ocurrir algo extraordinario para reconocer ahí una manifestación de Dios.
La Epifanía del Dios verdadero, es muy distinta, se manifiesta en un bebé envuelto en pañales, acostado en un pesebre, en una familia reunida que se admira del milagro de un nuevo ser que ha venido al mundo. La humildad y pobreza del nacimiento de un bebé perseguido es el modo como el verdadero Dios ha querido manifestarse.

Los “reyes magos”, ven una estrella que les anuncia el nacimiento de un nuevo Rey, de una nueva Luz, de un nuevo orden de cosas. Buscan, se interesan, se ponen en movimiento, se dejan guiar por la luz de esta nueva y extraña estrella, y en su esfuerzo descubren que la verdadera estrella que les indicará dónde y quién es el que ha nacido es la Escritura, la Palabra de Dios revelada a los judíos. Y lo maravilloso es que se dejan guiar por esta luz. Son hombres que buscan en el mundo, en los acontecimientos, la verdad. No se contentan más con sus reyes, con sus dioses, con sus reinos humanos; hacen caso a sus deseos humanos más íntimos, el deseo de algo nuevo que dé sentido a su existencia plenamente, que los sacie de una vez por todas, deseo de encontrar el verdadero motivo de sus vidas. Y Dios les sale a su encuentro, y les dona sus promesas mostrándoles en la Escritura que este anuncio es también para ellos. Herodes y los estudiosos de la Palabra tienen materialmente en su poder los libros, pero no se han dejado iluminar por su contenido, y sin saberlo dan a los paganos “reyes magos” el regalo de ser guiados hasta la salvación verdadera, Jesucristo y su familia humana.  Por todo esto, los “reyes magos” nos son tan simpáticos, identificamos nuestras búsquedas, nuestros deseos profundos con los que ellos sintieron, identificamos nuestras inconformidades ante los valores que el mundo quiere presentarnos como “últimos y definitivos bienes” y ante la caducidad de las cosas que pretenden entreguemos a ellas nuestro corazón. Sintiendo todo esto buscaron algo más, y lo encontraron en Jesús, el Dios verdadero y glorioso que buscó el modo para estar lo más cerquita de nosotros, y por ello renunció a todo, de rico se hizo pobre, de grande se hizo pequeño, y así nos enriqueció.

         En este día, hermanos, pidamos a Dios de poder encontrar, mirando y escrutando el mundo, los acontecimientos, la vida cotidiana, nuestra historia, aquellos signos de su presencia en nuestra vida, aquellos gritos que ha lanzado hacia nosotros para que volviésemos nuestra mirada hacia Él y descubriésemos su presencia misericordiosa, aquellas veces que ha querido hacernos mirar el deseo benévolo del Padre de encontrarnos y mostrarnos la locura y pasión de su amor por nosotros. Hoy, propiamente hoy, Dios quiere mostrarse ante tus ojos, manifestar su gloria ante ti para que encuentres paz, gozo y salvación. 


El Corazón del Adviento

domingo, 14 de diciembre de 2014



Estamos en el centro del Adviento, y se nos presenta en este III Domingo con insistencia la figura del Bautista, que nos ayuda a prepararnos para acoger la Luz de Dios en nuestra vida que es Jesús. Su Palabra es la luz que ilumina y alegra nuestra vida, sin ella no hay alegría, ni calor en el corazón.
Yo no soy, yo no soy, dice Juan Bautista, como diciéndonos preocúpense más bien por Aquel que viene (y ya está en medio de ellos), Él si es quien importa saber quién es, a qué viene, que trae, etc. Yo se los anuncio, vayan hacia Él, nos dice Juan. Esta dirección en la que nos pone Juan Bautista conlleva una exigencia de claridad acerca de a quién estamos buscando, como cuando Jesús pregunta a sus discípulos ¿Qué están buscando? ¿A quién buscan? ¿Qué quieren encontrar en mí? ¿Qué quieren encontrar en el anuncio de Juan?
En el corazón del Adviento, como decíamos ya, encontramos esta necesidad de ser completamente sinceros y transparentes con Aquel que nos conoce mejor que nosotros mismos.  Los sacerdotes y levitas tenían pretensiones y prejuicios acerca de Juan. Es cierto, querían entender qué significaba la obra que Juan estaba realizando. El problema es que en el fondo parece que buscaban aprobarlo o desaprobarlo, y no dejarse interpelar, interrogar por sus palabras. Parece que como enviados de otros, los judíos, no se dejaron enviar por Juan hacia Jesús, quedándose la voz de Juan ahogada en sus pensamientos, disuelta por el polvo del desierto donde predicaba y bautizaba, siendo solamente un sonido en medio de sus voces que no quisieron apartar de sus corazones. La verdad de nuestra vida y deseos profundos nos llevan a buscar algo más en este mundo, algo que supere toda realidad terrena. Pero, ¿se puede encontrar en el mundo algo que supere la realidad terrena y nos haga plenamente felices, plenamente hombres? ¿No es una contradicción? Este es el misterio de Dios en la historia de los hombres. Juan se presentó como uno que no pertenecía ni al ambiente religioso ni político de su tiempo. Anunció simplemente que hay que mirar hacia la novedad que Dios está trayendo al mundo y a la vida de los hombres, una transformación inesperada, una presencia totalmente nueva, distinta, que lo único que pide es confianza en Aquel que me supera, y sobretodo en que Aquel que va  a realizar esto, porque lo hace solamente movido por el amor. 

Juan dice que no es digno de desatar la correa de las sandalias de Aquel que viene. Este gesto puede significar dos cosas, que en el fondo van unidas. El primer significado hace alusión a un gesto que indicaba la renuncia de dar descendencia a la esposa del hermano muerto (práctica vigente en el tiempo de Jesús), renuncia de tomar el lugar del esposo porque no le corresponde. El segundo significado puede indicar el gesto de los esclavos, de los siervos, y con esto Juan estaría diciendo que el único esclavo y verdadero siervo de Dios es Jesús, y nos está anunciando ya cómo será la obra salvadora de Jesús, cómo la va a realizar, no por la fuerza, no destruyendo, sino purificando, perdonando, rescatando al pecador que de por sí merecería la muerte, dando a cambio su vida.


Este es el misterio de la vida de Cristo, de su muerte y resurrección, al cual el tiempo de Adviento quiere prepararnos para celebrarlo en la contemplación, admiración y agradecimiento a Dios Padre por el don de su Hijo. Una realidad verdaderamente humana, y por lo tanto comprensible y cercana a nosotros, y a la vez verdaderamente divina, pues este verdadero hombre es el verdadero Dios, el Hijo de Dios, verdadero y único rostro del Padre. Por lo tanto, desde la encarnación de Jesús, hay algo nuevo en la tierra, algo que nos puede guiar como verdadera Luz en nuestra vida; desde la encarnación del Hijo de Dios, ya hay algo maravilloso en la tierra que puede llenar y dar plenitud a nuestras vidas; desde su encarnación, Dios está presente en un modo nuevo en la tierra, realísimo, bellísimo, único, y más aún, su presencia en mí por el don del Espíritu Santo, me hace a mí mismo ser signo de Él, testigo de su Luz que va transformando mi vida. Ahora tengo una misión particular, toda mía y a modo mío, que encaja en su plan universal de salvación: ser Luz del mundo acogiendo constantemente su Luz que me visita día con día, que me alcanza cotidianamente, que sigue abajándose para salvarme a mí y hacer de mí instrumento de paz y salvación para el mundo. Bendito abajamiento de Jesús, bendita presencia real que me ilumina desde sus sacramentos y me transmite su gracia, bendita identificación con los pobres, sufridos y necesitados de este mundo que me indican un lugar seguro donde Él se encuentra. Bendito el Adviento que me hace mirar hacia la verdadera Luz. Bendita Navidad que abre mis ojos a la Verdad. 
 

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