El ayuno agradable a Dios

miércoles, 18 de febrero de 2015
“…Consultan mi oráculo a diario,
muestran afán de saber mis caminos,
como si fueran un pueblo que practicara la justicia
y no hubiesen abandonado los preceptos de Dios.
Me piden sentencias justas, 
quieren tener cerca a su Dios
y exclaman: "¿Para qué ayunar, si no haces caso?
¿Para qué mortificarnos si tú no te fijas?"



Mirad: es que el día de ayuno
buscáis vuestro interés y explotáis a vuestros servidores;
es que ayunáis entre riñas y pleitos,
dando puñetazos sin piedad.
No es ese ayuno que ahora hacéis
el que hará oír en el cielo vuestras voces.

¿Acaso es ése el ayuno que yo quiero
para el día en que el hombre hace penitencia?
Doblar la cabeza como un junco,
acostarse sobre saco y ceniza,
¿a eso llamáis ayuno, día agradable al Señor?


El ayuno que yo quiero es éste:
abrir las prisiones injustas,
desatar las coyundas de los yugos,
dejar libres a los oprimidos, romper todas las cadenas;
partir tu pan con el que tiene hambre,
dar hospedaje a los pobres que no tienen techo;
cuando veas a alguien desnudo, cúbrelo,
y no desprecies a tu semejante.


Entonces brillará tu luz como la aurora,
en seguida te brotará la carne sana;
tu justicia te abrirá camino
y detrás de ti irá la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor y él te responderá,
gritarás y él te dirá: «Aquí estoy».


Cuando destierres de ti los yugos,
el gesto amenazante y las malas intenciones;
cuando partas tu pan con el hambriento
y sacies el estómago del indigente,
entonces brillará tu luz en las tinieblas,
tu oscuridad se volverá mediodía.” 
(Isaías 58)

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